domingo, 24 de septiembre de 2017

La Verdad, es una gran mentira.

Mi abuelo lloraba,
sutil e inocente,
cuando el cansancio
lo maniataba.

Hace unas noches
lo vi en mis sueños,
moría junto a una cuneta,
su corazón decía ¡basta!

En mis brazos
languidecía estupefacto,
su cadena de oro
se trabaga.

Mi padre solloza
afable y tímido
cuando lo oprime
la fatiga.

El Viernes pasado
con caro ímpetu,
lo abracé,
era su aniversario.

Ante mi se arraigaba
un reflejo perturbado,
inquina encontrada,
esa contumacia invicta.




Yo lloro,
como ellos.





miércoles, 20 de septiembre de 2017

...en la grada.

(...) Minutos antes del final del partido, Alicajic no pudo contener por más tiempo la ira y el desasosiego que maniataba las manos cerradas, constreñidas por completo convertidas en puños, que descansaban sobre sus rodillas. Se levantó de su asiento efectuando un gesto rápido, y susurró algo a los oídos de Zovko. Este asintió manifestando su aprobación para después continuar jaleando como lo venía haciendo junto con el resto del grupo durante todo el partido.

Las escaleras parecían quemar bajo sus zapatillas. Alicajic las descendió con confianza y determinación camino del vestuario. Ya había vivido ese momento. Se había preparado a conciencia para ese instante. Proyectándose bien herguido, desafiante, pronunciando las palabras certeras en un orden diseñado que fuera capaz de surtir el efecto deseado. Se trataba de algo más que de convencer. Se trataba de persuadir. Sin duda, aquella era una de esas situaciones que nadie desea que acontezcan, pero para las que uno se prepara previamente a conciencia. Un ejercicio de contrarrestar las pesadillas. Una manera de estar al tanto de cómo achicar el agua si la barca comienza a hundirse. Se trata a la postre, de entrenarse, de prepararse para ser infalible; de saber a la perfección cauterizar la herida recién sufrida.
Para Alicajic, existía un placer amargo en todo aquello que no estaba dispuesto a dejar escapar.

Junto a los accesos al área de vestuarios se topó con el cordón de seguridad. Le bastó una mirada fría aderezada de una mueca con la cabeza para que el vigilante introdujera las manos en sus bolsillos y saliera a fumar un cigarrillo.
Ya estaba dentro. No pudo escuchar el pitido final a través de las blancas paredes alicatadas del vestuario a pesar de que el silencio invadía toda la estancia. Instantes después, bajaron todos los jugadores y se encontraron con que Alicajic ya estaba allí esperándoles. Herguido y rígido como un poste, con los brazos cruzados en actitud provocadora y sobria al mismo tiempo. Ninguno de los jugadores sabía quién era aquel tipo, pero la energía que Alicajic exudaba con su lenguaje físico, les incapacitaba para reunir el arrojo necesario e interpelar por su presencia allí. Cuando el viejo entrenador Šašivarević entró cabizabajo y preocupado junto con otros de los jóvenes jugadores, adoptó un mutismo cobarde e inusitado al reconocer la figura de Alicajic dentro de su vestuario. Su impotencia, falta de personalidad y actitud esteril quedó más que manifiesta a ojos de Alicajic.

Todos los integrantes del equipo fueron tomando asiento o diseminándose junto a sus taquillas extrañados. Tan solo uno de ellos, Pavlak, uno de los pocos jugadores veteranos, se volvió en busca del vigilante de seguridad al percatarse de la existencia injustificada de un extraño. Para cuando comprobó que esté había desaparecido y quiso regresar al vestuario a interrogar sobre el motivo de su intrusión a Alicajic; este le cerró la puerta en las narices y echó el pestillo. Pavlak aguardó fuera del vestuario, entre anonadado y sudado, golpeando la puerta con nerviosismo y dando voces que resultaron inservibles hasta que Alicajic hubo terminado con lo que tenía que decir.

Esperó unos segundos en silencio antes de comenzar a hablar ante la incredulidad de todo el equipo, mientras los golpes de Pavlak sonaban sordos al otro lado de la puerta, a espaldas del impasible Alicajic. Aquello generó una mayor expectación, acrecentó la violenta calma de la situación y consiguió captar la atención de todos los presentes.

No necesitó levantar la voz. Su tono era grave y claramente amenazador:

-Lo que todos los hinchas del equipo hemos presenciado en el estadio esta noche es una puta vergüenza. Hoy será el último día en que nosotros, los hinchas, sintamos lástima de apoyar a un equipo de jugadores sobre el cual vertemos todas nuestras ilusiones y esperanzas. Para nosotros, a diferencia de los trece millonarios engreídos y holgazanes que vimos pasearse por el césped, el dinero no lo es todo. Para nosotros, este equipo lo supone todo. Es la respuesta a todas nuestras preguntas.  El dinero, sin una pasión en el que ser invertido, no significa una puta mierda para nosotros. Ya teníamos al equipo, ya teníamos la pasión, antes de tener dinero. Puede que esto suene ingénuo para vuestros oídos, pero lo es todo para nosotros. Sois una puta deshonra para los hichas. Unos niñatos de mierda que no tenéis ni puta idea de lo que es tener pasión por algo. Y en cambio... Lo sois todo para nosotros. Vosotros sois nuestros jodidos dioses. Pero tened cuidado, no descuideis a aquellos que corean vuestros nombres durante todo el partido y os adoran desde la grada... Pues incluso los dioses dejan de existir cuando nadie cree ya en ellos. Podeis interpretar esto como una amenza o una colaboración mutua. No me importa una puta mierda. Nosotros seguiremos fieles a nuestra pasión... en la grada.- (...)"



Extracto de un capítulo de "Pravila i igru" (Las reglas y el juego), 2016, de Mirza Žeđ.

Argazkia: Deustua, 2017.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Lleno de nada.

Llegará un momento
puede que yo ya esté muerto,
en el que el sueldo
de los operarios de la limpieza
sea tan paupérrimo,
vergonzoso e insultante;
que acaben por no querer borrar
la verdad inmanente
que reside
en las pintadas.

Llegará un momento
puede que yo ya esté muerto,
en el que nadie hable
de dinero,
la simiente en los campos
será plantada y
no se dejará perder baldío su fruto, vital;
entonces,
volveremos a ver
los campos amarillos
la tierra calva y
el oro segado.

Llegará un momento
puede que yo ya esté muerto,
en el que habremos bebido con sus gentes,
sentido,
el regocijo infame del
olor a bengalas extinguidas
conoceremos al fin,
el significado del epitafio de Keats;
la calma
el haber recorrido
todos los caminos.

Llegará un momento
puede que yo ya esté muerto,
en el que vuestra sangre
habrá sido quemada
sobre la nieve
nadie osará de nuevo, jamás;
a tirar bombas
y una vez habiendo explotado
comida.
Las palabras
no volverán a cotizar
por debajo del desvirtuado valor
de una reliquia en Cadouin.

Llegará un momento
puede que yo siga vivo,
en el que sea posible:
olvidar,
huir de uno mismo hacia lo desconocido
sin saber que
la mayoría de las veces,
ambos parajes
son el mismo.

Reirse del miedo
asumir el sabor
de haber mascado por última vez
la derrota.