miércoles, 22 de febrero de 2012






Ella, ajena a mi mirada, leía a Neruda.

Yo, desollaba a Leopoldo Panero.

Supuse que debía de estar enamorada;

yo, llevaba loco el tiempo suficiente

para saber que el amor no existía.

Se pidió otra cerveza sin alzar la voz

apenas, y yo otro Baileys.

Suave. Seductora. Confiada.

Deslizó su mano por mi espalda

repleta de sudor, con delicadeza

y lujuria.

Quería quedarse con mi libro de poemas

pero me despedí con dos besos de ella.

Camino de casa, bajo la luz sepia de los faroles,

la fina pero insistente llovizna, inundó mis zapatos.

Mis bolsillos.

Mis ojos.

Al fin, mi alma.

Llevaba el suficiente tiempo loco para saber que el amor

no existe.

domingo, 19 de febrero de 2012

El reloj de la cocina marca las 12 y 24 minutos, pero ni siquiera el hecho de que lleve parado desde el verano pasado supone un verdadero drama ; siempre me ha gustado pasear al mediodía. Apago las luces a mi paso, beso algunas postales antiguas, descoloridas por el paso del tiempo, y me santiguo justo antes de abrir la puerta de mi habitación. No soporto ninguno de los planos vetustos de una experiencia  suprasensible que tenga por origen cualquier pasaje cotidiano. Se me tornan tan densos como el azogue e intento desprenderme en mayor o menor medida de los mismos, de la misma manera que dinamito la confianza puesta  en aquellas personas que se visten con calcetines desparejados. Es una de las razones por  la que deje de confiar en mi mismo. Se tratan de algunos de mis odios no argumentados y pendientes por descansar elocuentemente sobre el mullido pero inefectivo diván del psicoanálisis... Me desespero mientras el ascensor, reumático en su decadencia, se encarama hasta el hall mal alicatado en el que he orinado tantas veces con anterioridad. Mis micciones. Un agrio olor de mis adentros. Mi cínico territorio. Hay quienes apelan con hipócrita primitivismo a marcar lo que entienden como propio, grajeándose el respeto mediante materialismos al uso, "a la modé". Pero yo en cambio, he aprendido a convivir parsimoniosamente con las lágrimas cada famélica noche. Con ese llanto pusilánime que se acongoja taciturno bajo tu garganta tras la última dosis de crack, junto con los cobardes deseos de no haber venido a entablar disputa en esta asquerosa existencia. En esos momentos es cuando te convences de que ha llegado la hora de limpiar el polvo que amontonan los cadáveres hediondos, putrefactos, del camarote y bajar la basura. Me enciendo un cigarrillo nada mas pisar la calle y todo parece mejorar. Después de dos o tres bocanadas que despejan las dudas pasajeras sobre otro milagro nuclear, entro en un destartalado ultramarinos en busca de alguna botella mediana de ginebra. Todo son sonrisas, colores en las estanterías, tintineos agonizantes al paso del tranvía,enormes bolas de pelo bajo el mostrador. El hilo musical vomita una melodía que se me hace familiar:

"¿Que fue de aquellos años de "Mystery Train", la fe en el dorado optimismo, las coreografías de Beyonce, el humo escapando tras los dientes...? Creer que algún día fuimos nosotros mismos sin encarar lo verdadero que persiste en la mentira. Un desfile de nefasta candidez ataviada de lo diáfano de otro desnudo. Un vómito a la orilla de este amanecer que se siente afortunado por sobrevivir a otro Domingo. Sin tercio, ni bando, ni causa por la que maldecir. Tan solo, sobre la acera del puente. Arriba, en el Olimpo, todos se carcajean de nosotros; de nuestras pequeñas batallas, de nuestras insípidas lágrimas. Los entiendo. No nos culpo. Los entiendo. No nos culpo."

Debí de escribir aquella canción en otra vida. Y si no lo hice, creo que nunca llegaré a perdonármelo.

Ternura, Recuerdo, Aliento... La Nada.



Declino un beso tuyo sin fisuras,
tan solo se trata de otra dolorosa línea
te digo, en mi monólogo astuto que adolece
de macabra, desechable a veces
(ternura)

Desde la impersonalidad de la morgue
hasta los diarios dominicales, trazo con
mi propia sangre: líneas disolutas que
evaporan el paso de las horas, asfixian
con estruendo, decapiten sin demora
tu difuso
(recuerdo)

La vista sincera y esos cigarrillos a destiempo,
poca compañía para unos viejos zapatos
que siento ayer más lánguidos que mañana,
que tal vez ya caducan en tus manos, achacados sin
(aliento)

Bostezas sin gracia, me siguen contando las cartas,
las mismas que el viento del norte remolca con miedo
a cambio de oxidadas esquirlas, asaduras de excusas
extintas y endemoniadas; sueños entre azoteas andaluzas
con suicidios que ya no saben a
(nada)

miércoles, 15 de febrero de 2012

-Puede que tu atalaya esté construida sobre cieno.-

Reprimo la nausea mientras mis tobillos se hunden en el lodo, entre denso y acuoso, que emerge bajo las nubes de este desierto abigarrado de temerosa paz y violenta muerte. Una visión romántica de ácida síntesis con cielos pintados por Turner y tormentas enclaustradas por Friedrich. Camino entre los huesos casi podridos de lo que antaño fueron personas, y me cuesta dibujar las caras de aquellos cráneos que me sonríen con desinteresado cinismo. Es inevitable sentirse observado. Y es entonces cuando parece insospechadamente cándida la premisa que circunda y arremete contra mi pecho; esa que delata lo peligroso que coexiste en querer saber y llegar más allá. De atravesar los umbrales del conocimiento a los que me remito ensalzando una continua negación dominada por el pesimismo, un pesimismo redentor que profetiza la aversión por recaer y descansar en lo inofensivo. En dejar de ser una navaja cuidadosamente afilada para los mullidos, provechosa en lo mordaz y homicida en acto y potencia. Pero de nuevo oigo silbar a Cioran. Y su silbido se erige crudo y desgarrador: desmiembra párpados que tiñen de rojo la visión , deslengua sin pudor ni remordimiento y detona sí, los tímpanos del que una vez oyó y nunca más quiso volver a sí. "No hay negador que no esté sediento de algún catastrófico sí" dice Emile. Y su frase lapidaria en principio, tiene como único sujeto al propio Emile, pero sin duda, con el paso de los segundos se hace universal al resto de sedientos negadores. Y ni siquiera he vuelto a encontrar las palabras adecuadas en el viento para poder expresar los fatigados regresos a casa con la luz del alba como única confesora. Intuyo tal vez que la remilgada quietud parece ser necesaria cuando arrastra consigo torrentes serpenteantes de creación. Pero cuando ésta se retrasa en su llegada, habiendo perdido el rastro de alguna estrella renegada tal vez, la angustia de las noches sumidas en la oscuridad se convierten incompatibles con el otro. Algo conlleva el olvido de uno mismo, esa demencia que entumece el ánimo y desata que las lágrimas caigan en saco roto bajo la lluvia. Inquisidores allá a donde miro, incluso cuando rastreo entre los contados entresijos oxidados que la ginebra engendró en mi interior.

Discordia.

Al principio solo quieren tomar café. Siempre es agradable charlar e intercambiar impresiones. Intentar llegar a los puertos salvajes de otra mente ajena a la tuya. Después optan por querer tomar una cerveza juntos. Nunca objetas nada, el alcohol siempre fue otra de tus pasiones más acérrimas. Después, muchas más. Les confiesas que es lo único que se te da bien. Beber. Nunca una verdad es repudiada con tanto ahínco por desgracia. Quieren ver más allá de tu estela, cuando realmente nada excepcional atesoras en tu interior. Muchas historias fundidas con el humo del pasado. Mucho vivido en tan poco tiempo... Ven como te autodestruyes con estética sensibilidad y eso las atrae más aún de manera incomprensible. Creen en la remota posibilidad de salvarte y que dicho acto merece verdaderamente la pena. Te hacen creer que la vida tal vez merece la pena. Juras que no eres fácil de llevar. Haces un esfuerzo por convencerlas de que tu veneno no le conviene a nadie, y menos a ellas. Luego quieren acostarse contigo. Lo consiguen y te sientes reforzado, aún deseado, con un atractivo que creías perdido a pesar de las cicatrices y los golpes de la vida. Piensas. Piensas sobre ello. Y vuelves a pensar. Es algo inherente a tu naturaleza. Te sientes violento, como dominado inauténticamente por algo que nunca habías previsto. Dudas sin aparentes razones. Empiezan a odiarte por ello, por como eres realmente. Odian tus manías persecutorias, tus resacas, odios irracionales y tu miedo al compromiso. Te odian. Crean un club apenas de dominio público al que todas se unen al unísono. Toman el té a sorbitos en el segundo piso de un café bohemio todos los miércoles y mitifican tus carencias como amante. Coinciden en tu patetísmo y escasa fe. Te sientes dolido por el resentimiento que has engendrado. Te deshaucian y convienen en que realmente no eres nadie especial, algo que recuerdas a diario cuando pisas mierda de perro o meas fuera de la taza del váter. Otro niñato más con labia del que tienen suerte de haberse desembarazado. Saben que las advertiste de como terminaría todo antes de tomar aquel estúpido café. Es por lo que acaban odiándote. Por no mentirlas nunca, por no construir ese refugio ilusorio al que el resto de los hombres las intentan transportar con falacias y embustes. Por no jugar a ser otro que nunca quisiste ser. Por tener la oscura fijación de que alguien llegue a quererte tal y como eres. Difícil e imprevisible, un ente arrojado a esta existencia de dementes. Acabas por sentirte culpable. Mucho. Bajas al bar de nuevo a intentar que aquel infarto te lleve por delante de una vez por todas y poder ahuyentar así muchas voces que pululan en tu cabeza. Poner fin a al trama y aliviar al público de sermones postreros y bises inmerecidos. Y en el momento en el que empiezas a sentir el guiño perecedero de la muerte cercano de nuevo, otra mujer entra en tu vida. Te llena el desecho que tienes por corazón de... de falsas esperanzas. De que será al fin la definitiva. La chica de tus sueños. Quiere tomar café contigo. Te sientes cansado, siervo de la molicie y engullido por la desidia. Hagas lo que hagas, acabaran odiándote, te dices. Pero como decía Bukowski:

Es milagroso
envejecer
a través
de las guerras y las
mujeres.

17/09/2011

Tuve que arrastrarme con una única mano hasta la mesilla del teléfono mientras con la otra asía los resquicios restantes de mi hígado. El dolor había comenzado aquella mañana en forma de leves pinchazos a los que estaba acostumbrado, para terminar por extenderse completamente impidiéndome incluso gemir como una comadreja y mentar a todos los dioses olímpicos. La ambulancia no tardo en venir. Mientras oía a aquellos camilleros desmontar tres pisos abajo la parihuela de un golpe, eché mano de lo que seguramente iba a ser mi último trago. Después de aquello, debería de contentarme con observar como los mejicanos copaban las afueras de las tabernas e intercambiaban algún insulso monosílabo mientras bebían cerveza bien fría en las tardes calurosas de verano. Eso sería lo más cerca que iba a estar, sin lugar a dudas, de una cerveza. Me armé de valor para apretar con frialdad el embrión infecto y palpitante que se acomodaba impunemente bajo mi pecho, mientras la ginebra desinfectaba mi garganta a modo de antiséptico.
Todas las ambulancias me resultan iguales. Nada más meterme en ella llegué a la conclusión de que por fin había arribado el momento de quejarse sin remisión. Pronto intuí que aquellos auxiliares de ambulancia hubieran preferido pasar dos noches en Chernobyl con desayuno buffet-radioactivo gratis, que cargar con mis lamentos durante un escaso cuarto de hora. Las salas de espera están plenamente congestionadas de gente fea, horriblemente desesperada y maloliente. Todos ellos miopes, obesos y mal tatuados. Homosexuales en paro, esquizofrénicos cobardes; perdedores demasiado habituados a vivir de la sucia limosna de los sobrios, sanos y cabales. Todos ellos, sin excepción alguna, son deformes ante mis ojos. Al igual que sus dolencias, tan infames como las escasas aspiraciones que los mueven a considerarse inmortales; un privilegio del que no van a verse privados mientras se sientan residual parte de esta sociedad. Supongo que a nadie le gusta esperar. El resto de los días que estuve ingresado no encierran ningún tipo de misterio: una epopeya de magnitud bíblica colmada de defecaciones acuosas, eyaculaciones matinales por culpa del tedio y un largo etc de humor negro con infinidad de compañeros de habitación. Pienso simplemente que me sentí aliviado al dejar atrás aquel infernal estercolero caritativo. La humedad y el calor exageradamente pegajoso, hacían que aquello pareciera el puto Vietnam pero sin maría ni opio. Los sedantes financiados por la seguridad social haría tímidas cosquillitas en el sistema nervioso central de cualquier heroinómano. Por lo que a mi respecta, era inevitable estar gordo de puertas para adentro, pues nunca sabías cuando ibas a morir. Más pronto que tarde tan solo si eras lo suficientemente afortunado. Al fin salí del hospital con el hígado aún inflamado. Recuerdo haber comprado una cajetilla de tabaco rubio y un paquete de chocolatinas en la cafetería del hospital. La vida es un hábitat salvaje para las contradicciones que conviven en ella. El sol estaba en lo alto. Bajé calle abajo y me despedí de cada barman que conocía rehuyendo con nostalgia sus tentativas rondas del whiskey más caro.


Piénsatelo bien. Bebe un poco más.




Por momentos entiendo el hecho de que Hitler y sus discursos colmados de intolerancia y odio emprendieran el camino de una derrota histórica, destructiva e inevitable, en el seno de las tabernas muniquesas. Los borrachos son los sujetos que más ansían oír de boca de terceros lo que con el alcohol pretenden enmudecer y mitigar. Claro que algunos borrachos son más ineptos que otros; y Alemania por desgracia, está llena de borrachos gilipollas y gilipollas borrachos. A pesar del paso del tiempo, debe ser complicado ser un retrógrado alemán, con la espina de la gran guerra inyectada aún en el culo. Increiblemente incómoda, pero totalmente necesaria para la autoreafirmación de ese "yo". Debe de suponer una lata, ser constantemente agotador, ver enemigos en cada esquina: no poder vestir polos de Lacoste por ser franceses, no poder plantar tulipanes en el jardín por proceder de Holanda, no tener posibilidad de ver un insípido partido de fútbol por tratarse de un invento puramente inglés, no engullir "hamburguesas" (resulta incluso cínico en el término) en McDonald´s por ser una multinacional americana, ni beber vodka por proceder de Rusia; y un aburrido y tenaz etc. Como síntesis, puede entenderse incluso que el capitalismo globalizado es el principal y actual enemigo de esos nostálgicos abuelos nacional-socialistas que apoltronados en sus sofás de terciopelo verde, vestidos de tiroléses, esperan a la muerte por lo indecible del mundo que los rodea. Incomprendidos. Desechados por esos paradójicos extremos que al fin se encuentran y funden en una misma conclusión. Es una verdadera pena que vayan a morir todos pronto. ¿Que será de mis especulaciones critico-etílicas sin ellos?

Sorgen ertrinken nicht in alkohol. Sie können schwimmen.

En la vida se manifiestan algunas coyunturas en las que sientes la punzada de la ineptitud en tu nuca. Es inútil que te muestres impermeable a esta incómoda punción. Es exactamente lo que experimenté en el Oeste de Berlín. Aquella exposición era una auténtica bazofia. Una mierda de categoría eminentemente suprema. Cualquiera con dos dedos de frente y el mínimo conocimiento del devenir histórico sobre el gusto estético, hubiese sido capaz de atestiguarlo. Ni siquiera creo recordar que clase de éxtasis super potente debieron colocar en mi cerveza la semana anterior, pero ante todo pronóstico, había terminado por aceptar y acudir a Berlín. Iba para ser manieristamente presentado y exhibido cual titánico primate de circo experto en el arte del malabar, por el mostachudo jefe de pista ante las amistades comunes que compartíamos los chicos de la cantina y yo. Fue un verdadero alivio el ser advertido de que no cabía la necesidad de ostentar lo que eran capaces de hacer mis sanguinolientas heces por la mañana después de una noche de excesos. Siempre pensé que aquello representaba a la perfección un auténtico espectáculo digno de ser retransmitido por la televisión pública. Es importante saber seleccionar tus amistades y fijar con concisa definición el parentesco químico o aficiones análogas que os unen para no ejercer ningún tipo de ejercicio cinético hacia otros ámbitos. Este tópico ya ha sido tratado por Welsh en su novela más barata, pero reincido en la importancia del mismo. Los chicos de la cantina eran profusamente afables, generosos con la botella e incluso sabían al dedillo con que tipo de mujeres podías arrendar un buen rato de pasión sin desangrar por completo tus desgastados bolsillos. Yo únicamente salía a beber con ellos. A bailar sin freno ni indulto frente al "speaker". A comer costillas gratis en la cantina. A calcinar un barato papel de plata de cuando en cuando. Pero en aquella ocasión había cometido el craso error de extrapolar nuestras distracciones más comunes para trasladarlas a otros conjuntos. Debo de estar divagando de nuevo sobre lo obvio. Como iba diciendo, aquella exposición era una mierda supina y su autor, un "artista" andaluz y toda la expresión plástica que osara evadirse de sus testículos, era una genuina excreción inefable. Su obra culmen se reducía a mimetizar el semblante de su novia japonesa mediante el caótico uso de un intranspirable plástico para embalar equipajes en el aeropuerto de Berlín-Schönefeld. Lo cierto es que aquella tísica creación no me excitaba, ni siquiera provocaba, nada en absoluto. No así su compañera de ojos rasgados. Apática y sumisa debido al constante nihilismo artístico que se veía obligada a engullir, los incesantes onanismos freudianos que por allí pululaban y el insípido sexo sin preservativo antes de desayunar cada mañana la sosa mortadela oriunda del Este alemán. Era el vivo retrato contemporáneo de Yoko Ono. Pero en este caso, el inocente súcubo nipón no tendría que esforzarse a fondo para extraer todo el aura de su enjuto mancebo; atormentado por la remota posibilidad de ser penado con 3 meses de cárcel por negarse a ser suplente en una mesa electoral. No. Este tipo con el semblante propio de los personajes politoxicómanos que abundan en las novelas Bourroghsianas, ni siquiera olía un ápice al talento que rezumaba Lennon si es que realmente alguna vez llegó a tener alguno. Un hombre sensible y delicado como él no sobreviviría a un encierro de tres meses. O tal vez si en el peor de los casos. Lo estimularía de tal manera que volvería a la carga con otra exposición infumable que nos veríamos obligados a volver a digerir. Lo cual sin duda, no era nada preferible. La cerveza polaca consiguió entonarme por momentos, y pronto me vi hablando en tercera persona de mi propia persona con ascendente dificultad para pronunciar la totalidad de las vocales de mi discurso. Decidí hacer hincapié en las vanguardias una vez más, ese combate de artes marciales mixtas donde cualquier tipo de argucia parece estar lícitamente permitido. Duchamp, Dalí, Descartes, Dadá, Delacroix, Dubuffet.. y otra infinita sucesión de nombres que empezaban por D. Entonces llegué a la conclusión de que tan solo era un borracho frente a unos terroristas postmodernos decididos a acabar con la historia del arte (empresa del todo loable) desde la más peligrosa y detestable ignorancia sobre el medio. Rogué a mis camaradas de la cantina para que abandonáramos aquel infierno underground saturado de sofístas y charlatanes. Lo haríamos después de acabar con aquellas reservas de agrio guacamole y ensalada de patata que se ofertaban "kostenlos" en las inmediaciones de la barra. No opuse negativa al respecto a pesar de que nunca acostumbro a comer cuando salgo a beber y buscar la muerte de manera fortuita. Algo que nos sorprendería un tiempo más adelante después de que los chicos de la cantina probaran aquellos réprobos canapés.

Esputos de adorabilidad.

Nunca conocí a nadie que se sintiera tan iluminado después de trenzarse con extremada dedicación los vellos del trasero. Permanecer ocioso y emplear el tiempo en admirar con que naturaleza relucen las ruinas de la nada, te condena a ciertas cosas. Puede que ese sea el precio a pagar por el hecho de volverse tópico de pronto: escuchar repetitiva y maleable música techno, apartarme de la lectura con inusitado estupor, derrotar los anhelos de destruir la materia con mis propias manos, enamorarme y empezar a ver seriales americanos como cualquier otro salmón más que dimite al fin de llevar la contraria y termina por fenecer al ritmo que marca la corriente. Todas las ilusiones, las estampitas de vírgenes, las canciones de rock and roll... se esfumaron desorientadas entre la densidad y la altura del dorado trigo cuando la nieve empezó a derretirse caprichosamente en las calles. La luz en mi pozo particular se hizo cada vez más oscura. No paraba de maldecirme por ello a cada segundo. Incluso en cada puto canal de televisión parecía haber más comida que en el interior de mi destartalado frigorífico.

"-Adivina en que estoy pensando...-
-Culos, la "Dialéctica de la ilustración" de Horkhaimer, vino tinto caliente, crema de cacahuete, "Nighthawks" de Hooper, penetraciones no pactadas en un callejón concreto, vísceras frescas, anfetaminas holandesas, versos de Panero, Divine de cuclillas comiendo una mierda de perro y en mis ojos azules.-
-Te dije que dejaras lo de la puta telepatía.-"

lunes, 13 de febrero de 2012

Gesundheit...

Nunca digas que no a una mujer. Esta es la interminable respuesta que la Historia les ha reservado desde el más ignominioso principio. Diles siempre que sí. Y así al menos tendrás la convicción de que las harás felices. Fue una de las pocas conclusiones fructíferas que obtuve al dejar atrás aquella megalópolis colmada de vulgo ajetreado, de vicio sin su respectiva virtud y miedo a la eternidad infatigable. Una ciudad a oscuras de túneles subterráneos, de curvaturas sinuosas; síncopes concatenados por la ingesta desafinada de ketamina. Encerrado tal vez en mí mismo mientras mi cuerpo quedaba prendado cada diez minutos de las muchachas que entraban en aquel vagón de metro sin estación definitiva. Un eterno retorno del que fue complicado evadirme. Pero la noche perpetua aún me conservaba una paradójica canción, una amarga oda a la fugaz pasión de dos locos lejos del encierro. Unas contadas miradas bastaron para dejar en entredicho lo que nuestros cuerpos venían deseando con alevosía. No quise tener razones. Las verdaderas razones atienen a los mortales, se engendran entre la frondosa maleza, la densidad del pecado. En el origen de la inmundicia. Es sucio. Pero somos sucios. Su boca sabía a sueño y por desgracia deduje que nunca había aprendido a domesticar sus sentimientos. La desnudé con delicadeza y antes de que pudiera desproveerla de sus bragas ella apagó la luz. No sentí ningún tipo de desidia pasajera cuando lo hizo. Sabía que extrañamente mi cuerpo podía ser lo que la había arrastrado hasta mi cama. Hacía demasiado tiempo que este llevaba siendo pasto de las tabernas, descendiente del alcohol, campo de experimentación para los más intensos químicos del mercado callejero. Auténtica carne de cañón. La besé con todo mi deseo aunadome en un húmedo ósculo y descorché la suavidad de sus atezados pezones. Sus pechos habían sido purgados por el ayuno, desinflados sin piedad aparente. Nunca me importó. Todo ser humano ha de mantener intacto por siempre su propio derecho a sufrir si así lo desea; a desencadenar los efectos de la inicua angustia sobre su propio cuerpo. Entonces creí entender el percance con la luz. Permanecía igualmente bella, radiante para mi mientras se veía sumida en la más absoluta oscuridad. Jadeó y jadeó durante unos minutos. Sabía que si caía en sus súplicas, nunca más volvería a verla. Y a pesar de verdadera, no podía tolerar aquella plomiza idea. Su mirada me seguía allá a donde yo dirigiera la mía. Me estremecía y seducía al mismo tiempo. Al despertar, respiré el frío sin apenas ganas, las campanas llamaban a otro pacífico Domingo y los aviones surcaban los cielos muy por encima del humo de mi aliento. Solo puede versar las siguientes palabras:

Una finitud cortante al encogerte de hombros debido a la gelidez. Esperando al silencio, que abastece el firmamento con sus rojas tormentas, ansiosas por descargar la cólera y realizar así su iracunda impronta. 

sábado, 11 de febrero de 2012

Cisma.

Una luz azul intensa ciega mis ganas de poder observar como gotean los zapatos de cartón que porto, los mismos que descansan sobre la mesa mientras estiro mis piernas en busca de comodidad extra. Oigo a mi vera como restallan entre los dientes de otros, esos cacahuetes rancios y salados a partes iguales, que acompañan a la cerveza barata. Todo parece transmitirme una sensación de sana tranquilidad igual que en las piezas para piano de Chopin, las resacas junto al frescor del río los Domingos y esos cafés asediados por una infinidad de cigarrillos mientras sacrificas todas tus piezas aceptando que has perdido la partida. Una turba sonrisa que desea permanecer dominando tu expresión a pesar de los contratiempos venideros. Otra desafiante mirada hacia esa tormenta, obra y creación particular, que lucha por engullirte sin freno, sin piedad ni injusta misericordia. En la pantalla de un estallado y antediluviano Telefunken pasan "La noche de los muertos vivientes". Nadie parece despegar la vista de ese raquítico filme en blanco y negro, y deduzco que debe de tratarse de algún fetiche consternado por la escasa fe en el cine de la era digital. Algunos sonríen con timidez encomiados por lo bizarro de la puesta en escena. Bebo un sorbo exiguo y al levantar la jarra, mi mirada se detiene en los numerosos artículos de dominación sexual que cuelgan del techo. Un tipo entrado en años se percata de mi encontronazo con toda esa batería de enseres sadomasoquístas y parece comprender mi incomodidad. Pronto dirige su mirada al televisor de nuevo. Es calvo y con espesa perilla, sus tatuajes deben de haber sido hechos en el sótano de algún mugriento burdel del Soho y porta una cerilla en la boca que mordisquea con frenetísmo. Parece ansioso al igual que el resto por presenciar ese instante en el que todos aquellos zombies devorarán a la muchacha rubia. Juraría que conocen la banda sonora al dedillo, y serían capaces de recitar los diálogos de memoria. Hay algo muy siniestro en todo esto. Y yo llevo media puta hora cagándome encima. Me desperté sobresaltado y no me costó excesivo tiempo cerciorarme de que todo había sido un patético sueño. Aún seguía encerrado en aquel maldito avión con los miembros agarrotados y encogidos por la presión que volaba hacia los arrulladores brazos de la nada. Los signos de la postrera pelea comenzaron a incomodarse bajo mis vestimentas junto con aquel torturador zumbido incesante en el interior de mis oídos. Tuve que empezar a beber. Después del quinto whiskey me levanté de un salto y grité a los cuatro vientos que había tenido una revelación en sueños. Sí yo, el Mesías más ridículo de la última década, la enésima colilla ébria de una generación Pop Art. Ibamos a morir, no algún día; ni en hospitales del futuro, ni siquiera por culpa de alguna enfermedad venérea contraída en Tailandia... Si no allí mismo. Aquel avión se iba a estrellar con todos nosotros dentro. La azafata intentó calmarme y me rogó silencio. Obedecí sin réplica, pero volví a tomar la palabra bramando si alguien estaba dispuesto a llevar a cabo aquel detestable tópico de follar en el baño de la aeronave, dado que nunca había tenido la oportunidad en toda mi lasciva vida e íbamos a morir antes de aterrizar en el Infierno antes de mediodía. Me balanceé hasta la cola de la avión y una muchacha me siguió de cerca. Sus muslos me aprisionaron contra la pared del baño y no tardó en ponérseme dura. Sus desaliñados cabellos me tapaban la cara y su lengua emanaba una saliva líquida que me molestaba por perseguir con mis labios. Esa era su lengua, rugosa y fría, un sueño de displacer al que no tardé en entregarme. Imaginé que aquello no podía distanciarse demasiado de la exclusiva experiencia de deslizar la lengua por todos los gélidos y prominentes cumbres del Himalaya. Pronto aquella ateridez se tornó como siempre en incandescencia al sufrir la complicidad de nuestras caderas, los suspiros irregulares de sorpresa y placer, la desorganizada demencia de las caricias apresuradas; ahogadas por el deseo. Nadie se enamora en un vuelo. Acaso dos cuerpos se llegan compenetran con quirúrgica precisión, los arañazos no pretenden calar hondo y el empuje arrebatador del éxtasis no atañe al sujeto individual; sino al sujeto universal, substancial.

Pasea entre gruesos álbumes de fotos antiguas, lugares grises y anodinos a los que intenta anexar una historia diferente. La extraña posibilidad de un final alternativo como la que solo en el celuloile resultaría verosímil. A la luz vaporosa de un flexo congestionado de polvo, las sombras se simulan monumentales al verse siempre alimentadas por prerrogativa de algunos fantasmas nunca olvidados. Juega a las metáforas, escondiendo bajo una ardiente mirada el encanto misterioso de confiar en el tosco conjunto de ilusiones renovadas. Entre el verdor mortecino de la vegetación que rodea las montañas de azufre para sonreir intencionadamente después y su dulzura parece incesante. Cualquiera podría atestiguarlo incluso desde la distancia de un acantilado erigido en demencia, visionándola a través de unos sórdidos prismáticos de moneda. Cansada de la fría noche bajo el cielo del desierto y sus adversidades, de la soledad inescrutable de la más remota y perenne autopista. Esta parece otra noche que precederá al mismo alba de cada jornada, en el que despertar y abrazar con nostalgia ese vacuo lado de la cama. Vacío y templado. Impersonal y muerto. Desgarrador pero necesario. Solo cuando aspira a derrocar sin remisión las voces que transporta el viento, retorna a casa y relee aquellos versos:

En el recodo más
ameno de la tarde
bajo entrecortadas sombras
árboles de copas semidesnudas,
recordamos las diversas traiciones
del egoísmo, del subconsciente;
de la locura más dañina.

Había recorrido ya en soledad
cada una de las veredas del existir
tres largas edades sacrificadas
sobre el candor del camino hendido

De fuentes aureas abrevé
en cunetas malditas fenecí
y a cada paso recorrido
dos líneas de tinta por:
el deseo de arribar a tu cintura
de respirar con tiento tu matutino sudor,
acariciar tus lisos párpados
exentos por siempre de todo mi dolor.

Cadenas sempiternas
cuyo peso aumenta con
el enésimo purgante ayuno,
esas condenas de ficticios
barrotes oxidados, observando
como se desliza la arena
a paso perdido de nuevo
por las paredes de un reloj esclavo.

Pero la noche ebria no desoye,
mis aullidos indecorosos, despechados,
y me susurra a deshora, que solo,
no sufre, el que no siente.
Por morir...
en el hondo olvido..
ahogado.

viernes, 10 de febrero de 2012

En mis brazos.



Mis pensamientos rezumaban una entereza plagiada, un ápice de simultaneidad universal mientras los acordes perforaban uno a uno la exigua piel con la que aún contaba. Nada más rejuvenecedor que llorar y cantar al mismo tiempo en los retiros de una pasajera intimidad. La miro. ¿Como evitarlo? Proclamo: Bailemos juntos adorada desconocida. Siento la irrefrenable necesidad de exhibirte en susurros los oscuros secretos que permanecen tras mis mundos de fantasía. Todos parecen prestos a revelarse tras las puertas de este instante. Instante que haremos tan perdurable como ambos lo deseemos. Tan solo quizá hasta que la música de ese acordeón torcido cese. Nada que demostrarnos en absoluto, el uno al otro, pues tan demente aparenta ser esta fría y extraña noche que nos envuelve. Quiero que me hablen tus ojos, que tu alma se desnude sin pudor junto al sudor exhausto que nunca desearías provocarme bajo el amparo de sábanas baratas. Se trata de un precio efímero; la carestía del tiempo que nos emplea entre las cuatro paredes mal tapizadas de este salón bien lo sabe. En los bastidores se amamanta con sobriedad el lenguaje casi extinto de nuestras miradas. Allí se yuxtaponen sin pavor las máscaras empleadas otrora. Nada nos impide cogernos de la mano y condenarlas juntos al fuego liberador de un nuevo renacer, al dominio de una "bossanova" de infinito fluir. Deslizándote por mis brazos sin dejarte caer. Nunca creímos necesitar mejor tablado ni permisivo público; tampoco el definitivo telón de terciopelo escarlata.


"Un pájaro amarillo me salvó en sueños"

Dice que se pedirá otro daiquiri, ya que es lo único que consigue estimular su libido desde yo no lo logro. Sabe que no obtendrá su premio. Hoy no. Estoy cansado de tolerar de nuevo todos los juegos que ambos acordamos no infringirnos después de las primeras gotas de sangre y las amargas lágrimas. No se da cuenta que eso es lo que la hace reacia a mi deseo, la sucesión interminable de daiquiris sin freno mientras coquetea con otros tipos bien trajeados y de peinado impoluto. Solo después gira su delicado cuello, ese que tantas veces he asido con dominación y busca mi mirada con excelsa actitud provocadora.  Adoro su melena rubia, sus labios de tercipelo y como baila... Pero nada es igual desde que falleció mi ex-mujer. ¿Quién es ella en realidad? ¿Que me hace estar tan apegado a sus caricias? No la soporto cuando me hace esa fatídica pregunta: ¿Bueno, no piensas sacarme a pasear? Y se que siempre es igual; los coqueteos con terceros, beber a morro de millones de botellas, las vomitonas acompañadas de reproches histéricos en el asiento trasero de vuelta a casa y las peleas que cada día me cuesta mas ganar con los babosos del último pueblo. A veces estoy tan borracho que se me hace difícil intuir si el tipo que se abalanza sobre mí es diestro o zurdo, para poder esquivar así su primer puñetazo. Resulta inservible la mayoría de las veces. Pienso en ello cuando tumbados sobre la cama, ella desliza su mano por mi pecho. Cuando surge de mis pesadillas otra vez el carmín rojo reinando en esa azotea húmeda y dominada de pecado. Allí diviso sensuales verbos, humo a bocanadas, largas piernas. Embadurnamos de demencia la gris apatía que nos colinda, el cielo eterno luce sobre las mundanas miradas de decadencia abrupta. Solo, tan solo... poder ser acunado en su cintura. Entornar mis ojos, sentir su dulzura; morir por unos instantes y saber que no plañirá sobre mi falsa tumba. ¿Como resumir en una sola sincera sonrisa; el frío descastado, las chimeneas extintas, los besos en epístola que la distancia auxilia? Nadie. Nadie. De nuevo nadie. Excepto vos, grito al despertar. Bajo al bar debido a que estoy sediento y alguien ha cortado el agua en mi habitación. Sin duda ha sido obra de los camareros, a juzgar por las asquerosas sonrisas que pueblan sus caras. Nadie que esté empleado por dos monedas de plata a la hora en este sucio motel de carretera debe de conocer el aspecto que tiene la entrepierna de la felicidad. Yo creí olerla hacía tiempo. Cuando calcinaba en karaokes las colillas de un futuro que nunca parecía acontecer. En los reservados, donde solo habitaban dos tipos de personas: los que apenas beben y bordan las canciones, y los que privan sin miedo al mañana destripando las canciones de Sinatra obligándolo a retorcerse en lo más profundo de su sepulcro. Cuando vestía camisas de cuadros mal planchadas, bebía vino tinto chileno y hablaba de Alaska como si hubiera vivido allí durante tres décadas. Los viejos libros de Kerouac permanecían manchados sobre la mesa, siempre acompañados por sonidos rockabillies a cargo de histriónicos cantantes de ojos rasgados. Y toda aquella verborrea en alemán... Cuando acudía a desfiles de moda como reputado crítico en ciudades del Este. Allí abundaban sin clemencia las lesbianas ávidas de contemplar la quintaesencia del diseño impresa en esos femeninos traseros bulímicos laxados por océanos de sueños inconclusos. Nalgas huesudas de provocativo bamboleo que se ven remarcadas por la última estúpida provocación estética del postmodernismo. A cada día que pasaba en aquellos eventos, me sentía más lesbiana. Creía estar seguro. Después simplemente me deshice de las mentiras que el pasado me porteaba por miedo. Pero ahora, allí está ella de nuevo. Junto a la puerta mascando su goma con frenetismo y esperándome. Pago la cuenta del pippermint sin dejar propina y me giro hacia la salida haciéndole un gesto para que me espere fuera. Marie no debió de abandonarme nunca en este río turbulento de salvaje ebullición. Ella de veras entendía mi estupidez itinerante y toleraba mis días grises sin objeción. No consigo olvidarla mientras el sonido de las pisadas en la nieve se hace cada vez más fuerte. Subo a la habitación y escribo en mi libreta: "Nunca creí que las mañanas podían llegar a ser tan frías, pero por otro lado, tampoco me canso de equivocarme. Descorché aquella cerveza y la chapa se deslizó grácil sobre la nieve como por inercia propia. Alejándose de mi, como tantas otras habían osado anteriormente. Aquello apestaba a rutina de nuevo, demonios. Inauguré la amargura del líquido con especial sutileza. Me preguntó si acaso no pensaba que era demasiado pronto. La interrogué sobre a lo que se refería. A "demasiado pronto para empezar a beber", me dijo. Negué remiso con un gesto casi ensayado. En todo caso, era demasiado tarde para dejar de beber." 

http://www.goear.com/listen/1552483/infinity-the-xx

Síntesis.

Esta ha sido hasta la fecha la suma de todas aquellas entrañas, fantasmas, angustias y pesadillas que han atormentado mi maltrecha mente:  www.fotolog.com/ezequiel_25_17

Comienza aquí, una nueva vereda.