domingo, 7 de abril de 2013

Todos saben que puedo olvidarte. Soy yo el que no quiere hacerlo.

-He conocido infinidad de mujeres a lo largo de todo este tiempo. Mujeres que atravesaron los más remotos y dementes infortunios de la vida. Que comenzaron su camino cual peón en la segunda casilla del tablero y que tras el largo fragor de su existencia, alcanzaron el último recuadro de la partida para convertirse finalmente en dama; en reina. Pero tú, que descansas tu inconmensurable mirada ártica con casi aborrecible desinterés sobre todo mi patético y trasnochado desatino; aparentas no requerir del arduo proceso recién mencionado. Eres a mis ojos, la excelsa dueña de este tablero: para mi la segunda pieza más valiosa bajo el dominio del borrascoso cielo. ¿En dónde te habías ocultado a salvo de mi mediocridad durante todo este tiempo? ¿Detrás de un opaco espejo, quizá? Será mejor que todos tus movimientos rezumen y destilen refinada sensatez, calculada certeza... Solo así saldrás invicta, colmada de la más envidiable felicidad de esta fatídica contienda de ajedrez; dama mía.-

Quedó pensativa, como anonadada por la sencillez de mis palabras, pero sin mediar palabra ninguna. Sospeché que existía un momento para cada cosa, y que en rara ocasión nos vemos preparados para enfrentarnos de inmediato a cada una de ellas. Recogí mi coleto con desgarbo, apuré el vaso de un rápido sorbo y soplé un dulce beso imaginario que viajó cual polizón hasta sus níveas mejillas. A mi paso en dirección a la salida, el serrín húmedo del suelo y las colinas sangrantes de todos mis sueños se sucedieron con alternancia. Me sentí engañado, sin remedio. Supe entonces que hay ciertas cosas que tan solo sobreviven, cohabitan solitarias a resguardo de la angustia, en nuestros recuerdos.


(Nunca leáis a un excéntrico pederasta consumado como L. Carroll un apático domingo de Abril. Nunca)

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