miércoles, 4 de noviembre de 2015

-Yo no maté a aquel hombre en Reno.

Para cuando sentí que tal vez yo había vivido bastante, pero sin pensar metódicamente si ese tiempo era suficiente, y también visto morir a otros cuantos; verles partir casi de improvisto sin grandes ceremonias, entonces sí, ya conocía a Miller, Verlaine, Cortázar... pero aún no tenía mi propio París. Es difícil, me percato, el escapar al embrujo totalitario de la posesión.
Tenía sí en cambio, la lengua bien metida en el culo y en los libros de contabilidad del mismísimo acecinado "ogro" corso. Comía con desenfreno y gula estéril por miedo a la detonación de la posible guerra del día siguiente, mezclándome entre otros vagabundos de alma bien vestidos, pedigüeños de diccionario en mano; todos perdidos en la ciudad de la ceniza donde "quince horas" y "cáncer" de trabajo se pronunciaban casi de la misma manera y con similar frecuencia.
Era aquel, un pasadizo hacinado y concurrido, sin panegíricos póstumos a la vista, pero tan mudo como un sueño baldío sumido en un butacón tallado con detalles jónicos de humo. La rutina parecía devorarlo todo sin excepción allí. Como un maltrecho teatro equinoccial a motor diesel, descascarillado por el óxido y el exceso del vicio. Famélico de olvido, incubado en el odio a si mismo y desmembrado a partes iguales por la humedad, el frío, un espeso vapor amarillo y los raíles; en cuya plaza erigieron un busto verdoso, ralo y calvo; al médico libertador de la indemne penicilina, allá por el mórbido 1962.
Y me dolían las muelas. Por experiencia sabía que eso solo podía significar tres cosas: que el amor volvería a arrastrarme por una autopista polvorienta hasta haberse divertido lo suficiente para deshacerse de mi después con el motor en marcha, que mis muelas del juicio volvían a inquietarse una vez más, o que la caries comenzaba a carcomer mi amarillento esmalte dental. En cualquiera de los casos, era la hora de dejar de beber hasta tenerlo del todo claro y darle al mundo el tiempo suficiente para mover ficha. Tiempo para organizarse y pesentir sus abruptas intenciones con mayor claridad. Para "pelear a la contra", una vez más, era necesario esperar. Enrocarse en la miseria de la reacción. Y después capear el temporal tan solo para poder jactarse de haberlo conseguido, de haber tragado el agua salada suficiente, pero sin llegar a ahogarse del todo. Absurda satisfacción que se atenuaría con la presencia acuciante de otro nuevo, o antiguo dolor.

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